13 Abr 2010 |
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A. Sobre la deslegitimación de la violencia y sus riesgosLa deslegitimación de la violencia pasa a ocupar un lugar primordial en el documento “Convivencia democrática y deslegitimación de la violencia (2010-2011) –Reformulación del Plan Vasco de Educación para la Paz y los Derechos Humanos (2008-2011)–“ promovido por el Gobierno Vasco. Baketik considera que la deslegitimación de la violencia es un criterio básico e importante, no exento de riesgos. En este documento presentamos algunas reflexiones al respecto en el marco de la fase de aportaciones abierta desde el Gobierno Vasco en relación al plan citado. Primero: preguntarnos qué es lo más importante Todo el sistema de leyes, constituciones, legislaciones, instituciones, elecciones, el sistema educativo o el marco jurídico-político en el que se inserta el mundo moderno, están orientados a un mismo objetivo: convivir sobre la base del respeto y la justicia. En definitiva, la prioridad es sostener una convivencia conciliada y, cuando esta se ha perdido, la prioridad es lograr una convivencia reconciliada. Podríamos decir que todo se concentra en este punto: aprender a convivir justa y respetuosamente. No hay nada más importante que esto. Segundo: recordarlo y no perder la perspectiva Es muy importante recordar esto. Recordarlo una y otra vez y no olvidarlo para no desordenar los principios, perder la perspectiva ni desestructurar la jerarquía de valores en que se debe asentar una convivencia democrática. Este riesgo de desorden de valores puede darse con relación a la deslegitimación de la violencia, si no hay una suficiente clarificación de su definición. La no legitimación de la violencia es un criterio útil, básico e importante si se tiene presente que lograr una convivencia conciliada y reconciliada, tiene valor jerárquica y normativamente superior. Si se pierde esta perspectiva, todo puede desordenarse y supeditarse a cualquier consigna de nueva creación. De este modo, puede situarse, por ejemplo, la “deslegitimación de la violencia” por encima de derechos y libertades fundamentales produciéndose una perversión del sentido democrático y de la jerarquía de las normas. Tercero: una definición Según el diccionario, legítimo quiere decir justo, lícito o conforme a las leyes. Deslegitimar es una palabra que no aparece en el diccionario, pero podemos convenir en que deslegitimar la violencia o el terrorismo significa poner en evidencia la injusticia, ilicitud e ilegalidad de su uso con fines políticos. Cuarto: una realidad Atendiendo a esta definición, nos podemos preguntar si la violencia está o no deslegitimada hoy en la sociedad vasca, o si existe alguna posibilidad de que lo esté en el futuro en mayor medida. Cualquier observador puede comprobar que la violencia está totalmente deslegitimada en nuestra sociedad y que no tiene ninguna posibilidad de estar legitimada en el futuro. Todos los indicadores reflejan su rechazo explícito y su decadencia irreversible, incluso en los sectores que alguna vez lo han justificado. La inmensa mayoría está en contra de la violencia y la sufre como una pesadilla de la que no termina de liberarse. De hecho, pocas sociedades en el mundo se habrán movilizado tanto contra la violencia como la nuestra. Quinto: una duda ¿Por qué entonces esta necesidad de subrayar como una prioridad la deslegitimación de la violencia? Digamos, en primer lugar, que no está de más insistir en ello. Por más deslegitimada que esté, no está mal que se refuerce esta idea para consolidar una conciencia social por la no violencia y por las vías exclusivamente democráticas. Sin embargo, la utilización intensiva e imprecisa de este concepto plantea algunos riesgos. Sexto: varios problemas El primer problema es saber en qué aplicaciones concretas se traduce el significado práctico de la deslegitimación de la violencia, y el segundo en determinar quién dice lo que legitima o lo que deslegitima la violencia. Y es aquí cuando empezamos a tropezar con los riesgos y los intereses partidarios. La utilización ambigua del concepto permite que cada cual defina como factor de legitimación de la violencia aquellas propuestas, discursos o iniciativas políticas con las que no coincide. De este modo, partiendo de una premisa positiva, como es la deslegitimación de la violencia, volvemos a encontrarnos con otra modalidad de utilización política interesada del terrorismo con fines partidarios. Conceptos bellos como paz, libertad, justicia o este mismo están siempre sometidos al riesgo de esta perversión. Séptimo: algunos ejemplos Esto lleva, por ejemplo, a sostener que determinados objetivos políticos, propuestas de solución, desacuerdos en materia antiterrorista, el diálogo, las denuncias de tortura, el reconocimiento de otras víctimas o afirmar que existe un conflicto político son factores de legitimación de la violencia. Es en este punto en el que la noble apelación a deslegitimar la violencia empieza o tornarse menos noble y más interesada. Octavo: una alternativa En definitiva, sugerimos y aconsejamos que la deslegitimación de la violencia se defina con precisión. La deslegitimación de la violencia es un empeño digno, pero para que no sea pervertido requiere un compromiso de honestidad y un plus de objetividad en su traducción práctica. Un marco de mínimo rigor para todo ello nos debería llevar a acordar que legitima la violencia quien incurre en algunos de los siguientes supuestos: (1) defiende su licitud o justicia, (2) antepone el valor de su causa al de la dignidad humana, (3) hace suyo el principio según el cual el fin justifica los medios y considera que todo vale para lograrlo, o (4) propone un modelo de solución en el que si no se aceptan sus condiciones amenaza con actuar violentamente. Este tipo de actitudes son las que legitiman la violencia. Decir que legitima la violencia quien no incurre en estos supuestos, pero defiende proyectos, iniciativas o posiciones diferentes a las propias, es utilizar el terrorismo con fines partidarios y contaminar una idea noble. B. Criterios para abordar la solidaridad con las víctimas en la escuelaEl tratamiento en la escuela de la solidaridad con las víctimas del terrorismo, la violencia o las violaciones de derechos humanos es materia delicada y compleja. Necesita una previa y clara definición de criterios que la configuren adecuadamente. Esos criterios confluyen desde dos planos complementarios: el proceso de reconciliación y el proceso educativo. 1. Criterios desde el punto de vista del proceso de reconciliación El tratamiento de la solidaridad con las víctimas forma parte central del proceso de reconciliación de la convivencia de una sociedad afectada por un conflicto violento. El proceso de reconciliación implica reconocimiento y compensación de los sufrimientos padecidos, revisión crítica y autocrítica del pasado que dio lugar a esos sufrimientos y adopción de medidas políticas, sociales, educativas y de todo orden para que nunca más vuelva a ocurrir aquello que nunca debió ocurrir. Por lo tanto, el tratamiento de la solidaridad con las víctimas en la escuela debe enmarcarse dentro de un proceso cuyo objetivo último es la conciliación y reconciliación de la convivencia, objetivo que, por otra parte, justifica el sistema democrático y todo su ordenamiento jurídico, político y social. 1.1. Analizar el desde dónde y el para qué Ser parte activa de un proceso de reconciliación no es fácil, porque se mueven en cada persona y en cada colectivo lo mejor y lo peor del ser humano. La reconciliación se presta a equívocos y manipulaciones. Por eso, en todo aquello que tiene que ver con la revisión crítica del pasado es determinante discernir qué es lo que nos mueve en el fondo y cuál es el objetivo último que nos impulsa. -Desde dónde: me mueve un fundamento ético o un interés instrumental. 1.2. Incorporar una visión integral y multilateral de las violaciones de derechos humanos Un proceso de reconciliación solo puede serlo si no margina, desdeña o desprecia ningún sufrimiento padecido por causa de la violencia y vulneraciones que han acompañado y agravado el conflicto. El tratamiento de la solidaridad con las víctimas debe ser plural, gratuito y desplegado con independencia de las respectivas razones o posiciones políticas. 1.3. Contribuir a la superación de la victimización Lo más importante para la víctima es superar la victimación, el bloqueo destructivo que la agresión deja en la vida de la victima y de su entorno. La solidaridad con las víctimas no debe alimentar el victimismo, ni la instrumentación partidaria del sufrimiento porque en lugar de contribuir a superar la victimación la prolongan y la hacen más profunda y destructiva. 1.4. Desarrollar una fundamentación sólida y profunda sobre la reconciliación El tratamiento educativo de la solidaridad con las víctimas no debe quedar descontextualizado o tener un mero carácter puntual, sino que debe fundamentarse dentro de un proceso de reconciliación de la convivencia. Necesita un contenido y un relato de carácter constructivo sobre su significado y los conceptos que integran la reconciliación: generosidad, perdón, dignidad humana o solidaridad, entre otros. 1.5. Preferir lo mediato y sosegado, frente a lo inmediato y efervescente Un proceso de reconciliación para su completo despliegue, necesita tiempo y perspectiva para abordar una revisión crítica y autocrítica del pasado en condiciones viables y sostenibles. La urgencia, precipitación o ansiedad por facturar una determinada versión de lo ocurrido termina por bloquear los procesos de reconciliación que necesitan claridad, paciencia y perspectiva progresiva. Esta visión de los procesos de reconciliación debe tenerse en cuenta también a la hora de trasladarlos a los marcos educativos. 2. Criterios desde el punto de vista del proceso educativo No conviene concebir la inserción de temáticas puntuales y coyunturales en la vida de la escuela al margen de un proyecto educativo general porque, de este modo, se corre el riesgo de un tratamiento superficial y fugaz de los temas o incluso de una instrumentación interesada de la escuela desde fuera, según corrientes, coyunturas o intereses. La solidaridad con las víctimas no es un tema aislado y que no afecte a la educación, forma parte de una temática que puede y debe insertarse dentro de un proyecto educativo general. 2.1. Contextualizar la materia La solidaridad con las víctimas del terrorismo no debe abordarse ad hoc y de forma puntual y aislada, debe vincularse y desarrollarse en el marco de las competencias para ser (competencia de autonomía e iniciativa personal) y para vivir juntos (competencias social y ciudadana). 2.2. Insertarlo en el desarrollo de la capacidad de empatía (Competencias para aprender a ser) El fundamento de la solidaridad con las víctimas se encuentra en la capacidad humana de empatía frente a los sufrimientos del prójimo. La solidaridad con las víctimas debe trabajarse en ese ámbito en el que una de la claves es el conocimiento personalizado de la experiencia de la dignidad humana y el análisis de nuestras respuestas ante las diferentes realidades de sufrimiento que nos acompañan. 2.3. Insertarlo en un trabajo educativo en comunidad (Competencias para aprender a vivir juntos) El tratamiento de la solidaridad con las víctimas en la escuela y en el marco o con la perspectiva de un proceso de reconciliación es delicado porque los puntos de partida en cada comunidad escolar pueden ser divergentes. Es por eso recomendable y finalmente indispensable elaborar esta temática en comunidad de aprendizaje entre los distintos actores de la vida escolar. Para ello, se hacen necesarias dos premisas: primera, abordar la cuestión desde una perspectiva global del sufrimiento y la empatía; y segunda, contemplar la pluralidad y multilateralidad de sufrimientos. El objetivo es que ese proceso se base en consensos, que los construya, y que, de este modo, contribuya al proceso de reconciliación y forme parte del mismo. 2.4. Emplear recursos creativos La eficacia didáctica y pedagógica para abordar la temática de la solidaridad con las víctimas será mucho mayor si los recursos que se emplean tienen una dimensión artística y creativa como el cine, el teatro, la literatura, las canciones, los cuentos, etc. Existen decenas de soportes de este tipo que son muy adecuados para introducir la cuestión de la solidaridad y las respuestas frente al sufrimiento y la injusticia ajenas. 2.5. Utilizar responsablemente el recurso del testimonio directo El testimonio directo de víctimas puede ser un recurso pedagógico y creativo más si se utiliza de modo prudente, proporcionado y plural, y queda contextualizado en el marco de trabajo educativo global expuesto en los anteriores criterios sobre la reconciliación, los sufrimientos y nuestra respuestas ante los mismos; y si, además, ese testimonio viene a reforzar los valores pro-sociales que implica la educación para la paz, los Derechos Humanos, la convivencia y la ciudadanía. Baketik Arantzazu, 13 de abril de 2010
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Comentarios
zer egin ha vezalako (eta gainera)POLITIZ ATURIK DAUDEN PERTSONA HAUEKIN?
Por otro lado, quizás sea que no te hayamos entendido bien, pero nos resulta difícil imaginar una paz que se constituye a partir del equilibrio entre la violencia y la no violencia. Qué quieres decir con eso: ¿50% de uso de la fuerza y otro tanto de diálogo? ¿El secreto está en mezclar en su justa medida sus dos ingredientes?
Y para no volver a caer en pseudo batallas teórico-conceptuales, las dos preguntas que planteas tienen una respuesta sencilla y práctica. ¿A qué le damos más importancia al valor de la causa que defendemos o a la dignidad humana? La paz y la convivencia social tendrán la importancia que tengan, pero nunca la suficiente como para matar y marginar por ellas, ya que la dignidad humana es algo inviolable.
Por lo tanto, los límites son claros: el valor supremo de la dignidad humana; y la pregunta es precisa.
Un abrazo
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